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Emilio Calatayud Pérez, el magistrado de las sentencias pedagógicas, narra sus veinte años como juez de menores

16/10/2008 - Esther G. Robles
Condenó a un joven que había ‘crackeado’ varias empresas a recibir cien horas de clases de informática; obligó a aprender a leer y a escribir a un muchacho analfabeto acusado de robar material de construcción; e impuso a un chaval que conducía una motocicleta sin seguro un castigo tan singular como el de dibujar un cómic narrando el delito que había cometido. Es el juez de Menores de Granada, Emilio Calatayud, algunas de cuyas sentencias ejemplares han sido ahora incluidas en un libro en el que se recogen “anécdotas, éxitos y fracasos” de sus veinte años de ejercicio como magistrado. Su fama ha traspasado las fronteras españolas.

Comenzó a ser popularmente conocido cuando condenó a un adolescente de 15 años que había robado una carretilla de obra a aprender a leer, pues pensó que era “lo mejor para la sociedad” y para este chico, que “era más bruto que un arado”, según recuerda el propio togado. “Había dejado la escuela a los cinco años y un delincuente profesional le comió la cabeza para que perpetrase el delito; desde entonces, el joven no ha vuelto a tener problemas con la Justicia”. A partir de ese caso, mucho de los menores que han pasado por su sala han sido sentenciados a recibir clases, a sacarse el graduado escolar, a colaborar con instituciones o hacer el camino de Santiago.

 

No obstante, su fama su expandió después de que un anónimo colgara en internet una charla que pronunció sobre su punto de vista a la hora de ejercer la magistratura, una conferencia que cuenta con más de dos millones de visitas directas. Pese a todo, Calatayud admite no entender su éxito y asegura ser, simplemente, “un producto de los medios de comunicación”, hasta el punto de que algunos ciudadanos cuando lo reconocen, le paran para elogiar su labor. “Y en estos tiempos que corren, que feliciten a un juez por la calle es de agradecer”, reconoce.

 

Entre sus fallos judiciales más peculiares se encuentra aquel en virtud del cual condenó a un chico a escribir una redacción de cien folios sobre el buen uso de internet. El imputado había sido llevado ante los tribunales por componer una canción, y subirla posteriormente a la red de redes, en la que insultaba a sus profesores, a los que acusaba de fumar hachís. Tras haber sido denunciado por injurias graves, Calatayud decidió condenarle a elaborar un texto acerca de la utilización positiva de las nuevas tecnologías de la comunicación, castigándole, además, con rehacer la canción, para que incluyera elogios a sus maestros. No obstante, “una de las sentencias que más uso es la de obligar a sacarse el graduado escolar o el carné de conducir; si no, les quitó el BMW ese que sé que llevan”, afirma el titular del Juzgado de Menores de Granada.

 

La necesidad de acercarse a los ciudadanos

Para el magistrado, un fallo de la Justicia es “que no se acerca a los ciudadanos”, cuando en su opinión, “la clave del éxito es usar un lenguaje entendible para los jóvenes y sus padres, que son los verdaderos protagonistas”. “Una de las cosas que siempre he reprochado al anterior Consejo General del Poder Judicial es que no ha sabido vender bien el trabajo de los jueces”, y eso que “el 95 por ciento se deja piel” en su labor, asevera Calatayud, quien rechaza la posibilidad de emprender nueva reforma de la Ley del Menor, abogando por aplicar convenientemente la actual.

 

Respecto a su carrera, sostiene que el perfil de sus procesados ha cambiado en los últimos años: si bien “al principio eran chavales marginales los que nos llegaban (eran los tiempos en los que empezaban las drogas duras y los que pasaban por el juzgado eran unos pobres desgraciados)”, actualmente “las distintas clases sociales se han igualado en cuanto a los delitos de menores”. En concreto, se refiere a los cometidos por la clase media, como “los delitos informáticos, las agresiones grabadas con los teléfonos móviles o el policonsumo de drogas que derivan en trastornos mentales o incluso en ludopatías”. Y es que, “a la clase media le cuesta más acudir a los servicios sociales porque consideran que es de pobres”, lamenta el juez, quien hace un llamamiento a los padres para que se conciencien de su responsabilidad frente a sus hijos.

 

El éxito de sus pedagógicas sentencias se ve reflejado en casos como el de un joven que robaba casas forzando cerraduras y que hoy en día regenta una ferretería, o el del chaval que tenía a todo un barrio de Granada atemorizado y a quien el magistrado la propuso retirarle la condena a cambio de que se alistase en el Ejército. Actualmente, el muchacho es cabo y tiene a doscientas personas a su cargo. Otro de sus fallos judiciales más destacables es el que emitió en 2001, cuando obligó a una joven que había agredido a una compañera porque le había mirado mal a limpiar espejos durante 50 horas, para que así la imputada pudiera verse reflejada en ellos, y entendiera por qué la observaban de esa forma.

 

Escrito por el periodista Carlos Morán, el libro ‘Mis sentencias ejemplares’ (La Esfera de los Libros) recoge las anécdotas más llamativas de los veinte años que Emilio Calatayud lleva ejerciendo como juez de menores, un juez que defiende que los jóvenes que cometen un delito no tienen por que ser delincuentes, pues a este perfil tan sólo responde un 15 por ciento de los chicos que pasan por su juzgado. Por ello, antes de dictar cualquier sentencia, siempre es asesorado por un grupo de psicólogos que le aconsejan sobre qué es los más conveniente para cada caso.

 

  DATOS INTERESANTES

Carlos Morán califica a Calatayud como un juez conservador y revolucionario, inconformista y solidario, que defiende que todo el mundo puede equivocarse, y más en el proceso de aprendizaje de la juventud, por eso sus decisiones siempre tratan de reeducar y sacar lo mejor de cada menor.

En ‘Mis sentencias ejemplares’, el juez narra cómo empezó su andadura, ofrece su opinión sobre la educación que los padres dan a sus hijos y expone los casos que más sorpresa han despertado en la sociedad. Además, el libro incluye la transcripción de su famosa conferencia.

El ilustrador del libro es Enrique Ruiz, a quien el juez condenó cuando aún era un adolescente a dibujar un cómic por conducir una moto sin seguro. Se trata de una de sus sentencias más llamativas, junto con aquella en la que obligó a unos gamberros a colaborar con una institución de asistencia a personas con discapacidad por mofarse de un minusválido.

Conocido con el sobrenombre del ‘padrazo’, ha juzgado a más de 10.000 jóvenes, imponiendo castigos como cien horas de servicio a la comunidad patrullando junto a un policía local por haber conducido temerariamente o visitar un hospital por llevar un ciclomotor sin seguro.

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